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jueves, 17 junio 2021

Guille era un ángel

Guille quiso nacer con ellos. Él supo elegir hogar y familia, a pesar de sus limitaciones. No tuvo dudas. Sus padres se querían, eran buenos progenitores y desprendían felicidad. La felicidad es empática y eso, a él, le llamó la atención antes de elegir otra alternativa. Es más, la casa estaba llena de buenos hermanos que lo mimarían.

Guille era un ángel de ojos rasgados que miraba continuamente a todos, agradeciendo los gestos hacia su persona. No necesitó pensar, pues las decisiones las tomaban consensuadas. No precisó caminar con destreza, pues muchas manos le acercaban lo que deseaba. No le fue necesario masticar, pues cualquiera de ellos le daba el puré con amor. Es fácil de entender que se enamorara de ellos, pues los ángeles nacen sabiendo elegir. No son como el resto de los mortales. Vienen, nos acompañan, nos alegran la vida y nos cargan de dicha.

«los ángeles nacen sabiendo elegir»

Guille, nuestro ángel, pasaba el día donando motivos para la alegría en medio de sus seres queridos. Era el centro de atención. Ahí iba una caricia, al poco caía un beso, luego un achuchón. Mientras, sentado en el suelo y con su visera como complemento, rompía la prensa del día acabando con todas las noticias. Ya fueran buenas o malas, viñetas u opiniones. Él, con sus deditos minúsculos y redondos, las reducía a pequeñas tiras milimétricas de papel. Verdaderas obras de arte de las mismas dimensiones y calibre que iba dejando caer en su derredor hasta cubrir todos sus dominios. Mientras deshacía el mundo, permanecía extasiado pensando sus cosas y también cuánto lo querían.

A la vez, y de fondo, escuchaba las conversaciones, las risas y el ruido de las máquinas de tricotar. Todos ellos y nosotros, los amigos que a la vez éramos vecinos, disfrutábamos acompañándolo y llevándole la prensa que en casa ya se había leído. Alguna vez lo vestían de militar, de soldado o de oficial, de galán o de pirata. Él era el personaje principal de la obra de teatro del día con tal de alegrarlo y gozarlo.

Por las tardes continuaba entreteniéndose en su interminable tarea mientras sus padres, los señores González, y los matrimonios Arias y Nieto, se reunían para jugar al parchís. Él observaba como ganaban siempre las mamás. 

Guille eligió estar acompañando a su familia una veintena de años, en aquella casa de Ciudad Jardín. Un día extendió sus alas y voló hasta el cielo de donde vino, para desde allí arropar a todos los que le habían querido. Tomó el camino dejándoles para siempre el hermoso recuerdo de un ser adorable, de un ángel que pasó por este mundo entre algodones y aportó a cambio, junto a su dulzura, todo el amor que su corazón albergaba, que por cierto era infinito y ha resultado eterno.

Si quieres leer otros artículos de este autor, pincha en este enlace: https://www.landbactual.com/madreita-la-partera-de-la-isleta/

Fotos: Mapfre/Aportadas por el autor

Joaquín Nieto
Colaborador | + Artículos

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