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martes, 28 septiembre 2021

Kenojuak en el país de las sombras largas

En el país de las sombras largas el invierno es despiadado. No debes llamarles esquimales a sus habitantes pues es un término peyorativo. Es el pueblo inuit y habitan en el Ártico, Canadá, Alaska, Laponia, Siberia y Groenlandia. Viven de la pesca con kayak y arpón y de la caza con trineos de perros. El antropólogo Francesc Bailón ha convivido con ellos y los conoce muy bien. Afirma que “son uno de los últimos soplos de humanidad de este planeta”.

Para besarse se huelen y, según cuenta el especialista en la cultura inuit, no vivían en iglús, sino en cabañas de piedra y turba. Es gente noble y franca, acostumbrada a lidiar con ventiscas y noches eternas. En un campamento del sur de la isla de Baffin -perteneciente al archipiélago ártico canadiense-, nació una inuit muy singular, Kenojuak Ashevak, en el año 1927. Considerada la primera mujer de su cultura que formó parte de la cooperativa de grabadores, dibujantes y diseñadores de Cape Dorset, era hija de un cazador y chamán que se vio envuelto en un conflicto con misioneros cristianos en 1933 y fue asesinado.

Kenojuak en el país de las sombras largas

De su madre aprendió las artes plásticas tradicionales de su pueblo. A lo largo de su vida trabajó diferentes técnicas de dibujo, grabado e incursionó en el diseño gráfico. En 1963, la National Film Board of Canada rodó un cortometraje documental sobre Kenojuak, su familia y su trabajo artístico. “Eskimo Artist: Kenojuak” fue nominado a los Premios Óscar. En 2004, la artista se convirtió en la primera inuit en diseñar un precioso vitral que hoy adorna la Capilla John Bell en el Appleby College de Oakville, Ontario. La gran mayoría de sus obras se conservan en la National Gallery of Canada en Ottawa.

Las creaciones de Kenojuak están impregnadas del espíritu de la naturaleza y lógicamente de la cultura inuit. “He querido hablar de los peces-pájaros, que bajan por nuestro río desde las montañas a las ciudades y habitan invisibles en la frontera de la realidad. Y de los amaneceres de verano, donde el silencio se rompe primero con el canto del colirrojo y despierta en seguida a los gorriones que le acompañan con su piar, dando comienzo así un nuevo y ajetreado día”, dijo la artista en una ocasión.

«Me gusta hacer felices a los demás, yo soy la luz de la felicidad y soy un búho danzarín»

Comienza a dibujar y a tallar a los 20 años. En 1950 fue diagnosticada de tuberculosis y enviada, contra su voluntad, a un hospital en Quebec. Tres largos años de estancia la esperaban allí. Pero Kenojuak no se quedó quieta lamentándose. Aprendió a hacer distintas artesanías que cautivaron al promotor artístico James Archibald Houston. En 1958, su primer grabado “Rabbit Eating Seaweed” se convierte en una obra muy reconocida. “No hay una palabra para arte en el idioma inuit. Decimos que es transferir algo de la realidad a la irrealidad. Yo soy un búho, y soy un búho feliz. Me gusta hacer felices a los demás, yo soy la luz de la felicidad y soy un búho danzarín.”, solía decir ella otorgándole esa magia que lleva impresa cualquier pieza de arte.

«Este es mi trabajo y mi amor. No puedo imaginarme una vida sin hacer esto»

Kenojuak regresa a la isla de Baffin y se establece en Kinngait, en el asentamiento de Cape Dorset junto a su marido Johnniebo Ashevak y sus hijos. Con Ashevak compartía la pasión por el arte y juntos desarrollaron varios proyectos; de hecho, la Galería Nacional de Canadá posee dos obras de Johnniebo. La dibujante inuit trabajó con grafito, lápices de colores y utilizó acuarela y acrílico en las pinturas. Sus grabados en piedra han sido muy apreciados por museos y coleccionistas. La imagen de un búho de Cape Dorset creada por Kenojuak fue utilizada en el diseño del billete de diez dólares que conmemoraba los 150 años de Canadá como Estado Confederado en 2017. Otras de sus creaciones fueron también usadas en sellos postales y monedas.

Kenojuak en el país de las sombras largas

Kenojuak Ashevak trabajó sin descanso hasta su muerte en 2013, cuando había cumplido los 85 años. Su marido decía que todo lo que salía de sus manos se lo susurraban los espíritus. Ella supo siempre que su alma estaba irremediablemente unida a su arte. “La gente a menudo trata el arte como si fuera diferente de cualquier otra profesión y me pregunta: “¿Por qué quieres seguir haciendo esto?” Este es mi trabajo y mi amor. No puedo imaginarme una vida sin hacer esto”, aseguró Kenojuak reafirmando así su vocación y su compromiso con la creación artística.

Y en el país de las sombras largas, una mujer de mirada bondadosa dio vida y color a pájaros, peces, ríos, montañas, amaneceres de verano y rostros de la gente de su pueblo. Cuentan los que conocen bien a los inuit que jamás te enjuician, no conocen el egoísmo y piensan siempre en la comunidad. Los más viejos solían suicidarse para no lastrar al grupo. A la hora de solucionar cuestiones de honor no recurren a las armas, sino que se retan con improvisados versos hirientes hasta que se proclama victorioso el que logra quebrar los nervios del otro. El perdedor tiene que abandonar el pueblo para siempre. Comen carne de oso, morsa, foca y lenguados y, aunque vayan a misa, cuando salen de cacería invocan a los viejos espíritus. El de Kenojuak pervive en su obra y en el alma de un pueblo que vaga entre las sombras del largo invierno ártico.

Si quieres conocer la historia de otras mujeres de las artes plásticas, pincha en este enlace: https://www.landbactual.com/mireia-tramunt-verdades-debajo-de-la-cascara/

Fotos: Canadian Art/Tal día como hoy/Google

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Me llamo Belkys Rodríguez Blanco. Sí, un nombre muy parecido al de la reina de Saba, pero soy periodista. Me gradué en la Universidad de La Habana, en la era de la máquina de escribir alemana. Como el sentido común manda, me he reinventado en este fascinante mundo digital.
Escribo desde los once años y ahora soy una cuentacuentos que a veces se dedica al periodismo y, otras, a la literatura. Nací en Cuba, luego emigré a Islandia y ahora vivo en Gran Canaria. Estoy casada con un andaluz y tengo un hijo cubano-islandés. Me encantan los animales, la naturaleza y viajar. En resumen, soy una trotamundos que va contando historias entre islas.