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domingo, 17 octubre 2021

Los habitantes invisibles

Del ocaso hasta el alba, en mi casa reina una paz victoriana algo siniestra. Rasga el velo del silencio nocturno los ruidos propios de estos viejos monstruos de piedra con frágiles esqueletos de madera. Crujidos de origen extraño que se confabulan para engañar a la razón y simular pasos apresurados en las galerías y golpes secos en sótanos y buhardillas.

Cuando el viento sopla fuerte, se cuela por las rendijas de las viejas ventanas y mueven los jirones de las cortinas. Entonces, las inofensivas corrientes de aire se tornan en aterradores murmullos y risas malévolas.

«me encantaría compartir la casa que habito con la etérea presencia de un fantasma»

Los invisibles

Al principio costó que me acostumbrara y pasé algunas noches en vela, preguntándome cuál era el origen de todo aquello que escuchaba. Ahora duermo a pierna suelta, excepto cuando llueve con fuerza. Una fina pared de ladrillo separa mi dormitorio de la biblioteca, y cuando el agua golpea los vidrios de la claraboya que hay en su tejado no hay quien duerma.

Aún recuerdo cuando le conté a mi familia que había comprado una casa medio en ruinas. Detenidos frente a la casa, se asustaron no tanto por su deplorable estado, sino por su tamaño. «¿Para qué quieres una casa tan grande?», me preguntaron. Yo no articulé palabra y esbocé una sonrisa, mientras les invitaba a admirar las gárgolas de cañón y el gastado blasón que luce imponente en la fachada.

Confieso que me encantaría compartir la casa que habito con la etérea presencia de un fantasma. Si existiera y se dejara ver, tal vez podríamos entablar amistad, aunque reconozco que me llevaría un buen susto. Una vez superada la primera impresión, invitaría a mi singular compañero a una taza de té y le pediría que me contara las historias que callan estos gruesos muros.

Sé que uno de los propietarios fue un conocido relojero de finales del siglo XIX, que además componía pianos y los afinaba. Su carcomida mesa de trabajo y sus herramientas llevan más de cien años cogiendo polvo en un húmedo y oscuro cuarto de la planta baja. Decidí dejarlo todo donde estaba porque no soy quién para despojar a la casa de su alma, y aquí habitaciones sobran.

Los invisibles

Cuando vienen amigos siempre les enseño los extraños artilugios que empleaba en su oficio, y las cajas que guardan cientos de agrietadas esferas de porcelana de todos los tamaños, las diminutas agujas de varios estilos, las leontinas, los cristales, y las máquinas que desmembraba para mantener vivos a otros relojes.

A veces me preguntan si no me da miedo vivir solo en esta mansión. Para contribuir a ese halo de misterio que la envuelve, siempre contesto que no vivo solo, que me acompañan esquivos espectros de épocas pasadas, y que se esconden en las sombras a mi paso para luego vagar a sus anchas. Esos fantasmas salen cuando las agujas del reloj del salón se adentran en ese territorio desconocido que es la noche, hasta que pasan la frontera del amanecer y todo vuelve a ser igual que antes.

Si quieres leer otras relatos en esta sección, pincha en este enlace: https://www.landbactual.com/una-historia-posible/

Blog del autorhttps://retrografias.com/

Fotos: Cortesía de Eduardo Reguera

Eduardo Reguera
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