Luna de miel peregrina Segunda parte

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Hay un acuerdo tácito entre los pasos. Lentamente uno sigue al otro sabiendo que es la única manera de que el cansancio no tome las riendas. Avanzas seducido por nuevas emociones; a veces ríes y a veces lloras recordando y verbalizando acontecimientos que sobrevivían agazapados en la memoria. Pero, realmente solo importan los pasos, el momento presente, disfrutar del sendero, del paisaje, del silencio, de los olores y los perfectos acordes que solo la naturaleza te puede ofrecer. Hay un acuerdo tácito entre tus pensamientos, no compiten entre ellos por el papel protagónico. A veces quieres compartirlos; otras, simplemente coquetean con el hermetismo.

«solo importan los pasos, el momento presente, disfrutar del sendero, del paisaje…»

A mi marido le resultó curioso que olvidara contar en mi crónica anterior sobre el Camino de Santiago el tramo Astorga-Foncebadón (casi 30 kilómetros), sobre todo porque en esa pintoresca ciudad nos quedamos boquiabiertos ante el imponente Palacio Gaudí, antiguo palacete episcopal que, en 1886, ardió en llamas. La plaza de arquitecto diocesano que debía dirigir las obras de reconstrucción estaba vacante y el obispo Juan Bautista Grau propuso a su paisano Antonio Gaudí hacerse cargo de esta tarea.

Luna de miel peregrina. Palacio Gaudí

El obispo muere en 1893 y, entonces, el famoso arquitecto catalán renunció al cargo por discrepancias con la Junta Diocesana. Cuenta la historia que muy enfadado dijo: “Serán incapaces de acabarlo y de dejarlo interrumpido”. El palacio, de estilo neogótico, parece un castillo medieval de los cuentos infantiles. La memoria me jugó una mala pasada y colocó este recorrido del Camino en otro sitio, pero, como dice el viejo proverbio: “nunca es tarde si la dicha es buena”.

Si ese tramo me resultó especialmente duro por la nieve, el viento y el camino empinado -1.500 metros de altitud y dos grados de temperatura-, no sabía que la bajada de la montaña leonesa al pueblo El Ganso sería peor. Descender por aquellos húmedos pedregales me pareció casi un acto suicida. Gracias a los bastones, a la ayuda de mi marido y a mi espíritu indomable, llegamos a El Ganso e hicimos un alto para comer.

Luna de miel peregrina. Conversando con una peregrina alemana

Nos quedaba todavía un largo recorrido y nuevas bajadas por pedregales para llegar a la ciudad de Ponferrada. Creo que fue el primer día que pensé que me había metido en camisa de once varas, me descompuse del estómago y lloré. Llovía, hacía frío y llegamos a Ponferrada con el espíritu más que con las piernas, mientras caía la tarde. En el albergue ‘Alea’ nos reconfortaron la amabilidad de sus hospitaleras, Amelia y Esperanza, y la grata conversación con dos peregrinos: Maurizio, un italiano muy simpático, de más de 70 años que venía desde el norte, de la frontera con Suiza, y Catherine, una chica danesa que hacía el Camino sola y en bicicleta.

Luna de miel peregrina. Castillo de los templarios

A la mañana siguiente, antes de iniciar la ruta hacia Villafranca del Bierzo, fuimos a visitar el casco antiguo de Ponferrada y su Castillo de los Templarios que, según cuentan, es una de las fortificaciones medievales más complejas y misteriosas de España. Su historia, asociada a la Orden del Temple, lo convierte en una edificación singular. Por momentos, crees ver a la princesa cautiva en lo alto de la torre, esperando por el noble caballero que vendrá a rescatarla. Al parecer, a finales de siglo XII, el rey encomendó la pequeña villa de Ponferrada a los caballeros templarios quienes tenían la misión de defender a los peregrinos en su ruta hacia Santiago de Compostela. Está emplazado en lo que, probablemente, en su origen, fue un poblado celta fortificado.

«extensos campos de cultivo de la vid parecían, más que una estampa campestre, un cuadro de Vincent van Gogh»

Luna de miel peregrina. Campos de cultivo de la vid en El Bierzo

El tramo Ponferrada-Villafranca del Bierzo fue especialmente hermoso. Extensos campos de cultivo de la vid parecían, más que una estampa campestre, un cuadro de Vincent van Gogh. Y hablando de artistas, nos aguardaba una grata sorpresa en esta ruta: el taller del escultor villafranquino, Arturo Nogueira. Enormes piezas de rostros y figuras humanas descansaban sobre el pasto de una finca que, en su entrada, exhibía una placa con las palabras del artista: “Allí donde mis sueños echen raíces y la libertad sea un muro de luz y aire puro, esa será mi tierra”. Palabras sabias que, para una emigrante isleña como yo, se convirtieron en un símbolo y una buena señal.

Luna de miel peregrina. La bandera islandesa cosida en mi mochila

Dejamos el verde intenso de los campos leoneses y los pueblitos de cuentos de hadas del Bierzo para iniciar la bajada a Villafranca. Una lluvia intensa nos acompañó durante un buen tramo. Nos encontramos con pocos peregrinos a esas horas de la tarde: recuerdo especialmente a un señor que iba con su perro caniche que me recordó a mi perrita Mima, y una señora alemana mayor que se detuvo a saludarnos. Le llamó la atención la bandera islandesa que llevaba cosida a mi mochila. Le expliqué que no había nacido allí, pero era una isla que tenía un lugar importante en mi corazón y en mi bitácora.

Bajo un cielo encapotado y con las botas mojadas divisamos Villafranca del Bierzo y su iglesia románica. Una localidad entre montañas que hizo un pacto con el tiempo que se quedó detenido en sus callejuelas de adoquines. En la calle del Agua, la más famosa del pueblo, nos paramos a contemplar las casas señoriales, los escudos nobiliarios, las bodegas y el palacio de Torquemada, construcción de estilo barroco del siglo XVII. Consolidada la Ruta Jacobea, esta calle se convirtió en la más transitada y la de más actividad comercial y artesanal de la villa.

Continuará…

Texto: Belkys Rodríguez Blanco

Fotos: Ramón Rivero/Belkys Rodríguez

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