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lunes, 27 septiembre 2021

Viaje al fin de la tierra conocida

Sopla el viento desde la lejana América y se escucha, quizá, un canto de sirena que se extiende sobre el océano. Se siente como un náufrago en el fin del mundo. Desde lo alto del acantilado observa la porfía de las olas rompiendo contra las negras rocas. Imagina la lava bajando impetuosa por aquellas laderas hasta encontrarse con el azul indomable.

A sus espaldas se levanta el faro de Orchilla, antiguo indicador del Meridiano 0. Sabe que los navegantes consideraban este punto el fin de la tierra conocida. Fue así desde el siglo II, cuando pensaban que la Tierra era plana, hasta el descubrimiento de América en 1492.

«la sabina se ha convertido en un símbolo de la isla del meridiano»

En El Hierro, la más meridional de las Islas Canarias, el viento y las rocas volcánicas le susurran viejas historias y la acompañan en su viaje por un territorio a merced de las corrientes del Atlántico. La carretera serpentea como una culebra caprichosa y aparece el vértigo, pero el deseo de descubrir lo que ocultan los acantilados y esas piedras gigantescas que se levantan del mar como guerreros, la impulsan a caminar hasta el mismo borde del precipicio.

El monumento natural de Las Playas le recuerda otras rocas en una isla al norte del mundo, Islandia. Cuentan que un troll fue sorprendido por el amanecer y se convirtió en un monolito en mitad de una playa de arenas negras. Tal vez la historia se repitió en la costa sureste de El Hierro, y un troll de tierras cálidas se quedó petrificado por culpa del sol y ante la mirada incrédula de la viajera.

Viaje al fin de la tierra conocida. Faro de Orchilla

Tal vez porque los cuervos se encargan de favorecer su diseminación, este árbol tiene una forma tan peculiar. Retorcido como consecuencia del fuerte viento que lo azota, parece un lagarto prehistórico arrastrando un árbol caído. Desde lejos observa receloso y preparado para defenderse del intruso. En su territorio inhóspito él es dueño y señor del paisaje desértico. Es la sabina, un arbusto resinoso que crece entre las rocas y se ha convertido en un símbolo de la isla del meridiano, al igual que el árbol Garoé, sagrado para los antiguos habitantes.

Los acantilados de esta isla ventosa pueden provocar pánico y fascinación. En su camino hacia el mar la lava fue esculpiendo rincones que son auténticas obras de arte. Después de bajar unas escaleras que parecen interminables, el Charco Azul aparece casi como un espejismo. La erosión de las olas ha creado esta piscina natural que se cobija bajo un arco basáltico. En su interior reina la quietud, alterada de vez en cuando por la incursión de una ola que llega apaciguada desde el océano. Ubicado en la zona norte, en la región costera de Los Llanillos, este charco de aguas tranquilas revela el pasado volcánico de la isla atlántica.

Viaje al fin de la tierra conocida. El Charco Azul

Contemplando el abrupto paisaje costero, la viajera no se imagina que en otras regiones se alzan bosques de pinos y laurisilva. Y hacia la cumbre se dirige, ávida de un poco de verde después de tanto terreno ennegrecido. La ruta de La Llanía es un sendero que comienza en Valverde, al nordeste, y se interna en el bosque de El Brezal, donde el musgo escala por los troncos de los grandes árboles y el suelo está tapizado de helechos. Algún duende o un hada andarán por ahí ensayando encantamientos, piensa la viajera sabiéndose hipnotizada por el sonido que provoca el viento cuando acaricia las hojas.

«La ruta de La Llanía es un sendero que se interna en el bosque de El Brezal»

Viaje al fin de la tierra conocida. Bosque de El Brezal

Avanza en silencio, roto en ocasiones por las voces lejanas de otros viajeros como ella. Sin saberlo se va acercando al Bailadero de Las Brujas. Antes hay una parada obligatoria: el mirador de La Llanía. Observa alelada las espectaculares vistas de El Golfo y más allá del mar de nubes, se vislumbra la silueta de La Palma. Nuevamente el bosque de laurisilva la recibe, la cobija bajo su sombra y la deja escuchar los rumores del tiempo.

Cuentan que en la Edad Media las brujas elegían este sitio para sus aquelarres. Por ese motivo se llama así: el Bailadero de Las Brujas. Muchos aseguran que se encendían hogueras para bailar alrededor de ellas. Los cantos y las risas llegaban hasta el último rincón de la isla.

Con el frescor y el verde en el recuerdo, la viajera concluye su jornada en el mirador de La Peña, un balcón con vistas al Atlántico. Construido por César Manrique con piedra volcánica, desde su cristalera se aprecia una caída libre de mil metros por la Fuga de Gorreta, un cantil vertical por donde otrora se aventuraban los pastores herreños apoyándose en un palo-pértiga. En el mar otros gigantes se asoman a la superficie desafiando el oleaje y oteando el horizonte en busca de algún navío extraviado.

Sopla el alisio y la viajera debe regresar a casa. Muchos rincones hermosos quedaron por explorar. Abre su cuaderno y apunta lo que quedó pendiente. La iglesia de la Candelaria, el sendero de la Virgen, los fondos marinos de la Restinga, Tamaduste, el Roque de Bonanza, la playa de Tacorón o la piscina natural La Maceta. Porque la isla meridional parece una pequeñísima escultura volcánica emergiendo del océano, pero en verdad se extiende interminable como si quisiera alcanzar las costas de América.

Con la sombra del continente sobre su espalda, la viajera embarca rumbo a su hogar. El viento herreño la acompaña mientras se diluyen las costas del fin de la tierra conocida.  

Si quieres leer la crónica sobre otra de las Islas Canarias, pincha en este enlace: https://www.landbactual.com/la-octava-maravilla-esta-en-canarias/

Fotos: Belkys Rodríguez/Ramón Rivero

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Me llamo Belkys Rodríguez Blanco. Sí, un nombre muy parecido al de la reina de Saba, pero soy periodista. Me gradué en la Universidad de La Habana, en la era de la máquina de escribir alemana. Como el sentido común manda, me he reinventado en este fascinante mundo digital.
Escribo desde los once años y ahora soy una cuentacuentos que a veces se dedica al periodismo y, otras, a la literatura. Nací en Cuba, luego emigré a Islandia y ahora vivo en Gran Canaria. Estoy casada con un andaluz y tengo un hijo cubano-islandés. Me encantan los animales, la naturaleza y viajar. En resumen, soy una trotamundos que va contando historias entre islas.