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lunes, 27 septiembre 2021

Sensaciones de una miniatura

Cuando recorres Las Palmas de Gran Canaria por primera vez no puedes ignorar su luz, ni su sol, ni su sal. Su gente la vive con el sentimiento de pertenecer a un lugar único, ese al que siempre hay que volver. Para ser completamente sincera, al principio no se entiende muy bien, y al menos yo me lo preguntaba mucho:¿cómo están tan seguros de vivir en el mejor sitio del mundo?

Viniendo de otra isla y después de algún tiempo se entiende mejor, y es que la gente se teje con la roca, y se enjuaga con el mar. Si te despegas mucho y no sientes la sal en la piel, o la calima es que no estás en casa, no estás a salvo.

«Un lugar al que siempre hay que volver»

Entre islas mayores y menores está el juego; y Las Palmas de Gran Canaria es una de las grandes, capital por extensión y por importancia. Heredera de una sociedad aborigen compleja y organizada, isla influyente y primer escenario de la colonización castellana en el Archipiélago. Pero no contaré aquí su historia, prefiero hablar de sensaciones, al menos de las mías.

La primera ese sabor a sal todo el rato, impregnado en el ambiente. Ese color azul, más claro que turquesa que pinta toda la costa sur, tan caliente a veces que atropella la piel.

Luego las arenas, especialmente las Dunas de Maspalomas, un pequeño desierto, o un oasis, según como se mire.

La montaña que arropa de un lado a otro, y que a veces se escode tras las calima africana. Ese polvo suspendido que viaja y se instala por toda la isla.

Las calles empedradas, las subidas intensas, las ermitas y el despliegue de belleza que representa Vegueta, su casco histórico laberíntico y empecinado.

Y así hasta llegar al norte, más fresco, más verde y más frío, en todos los sentidos.

De manera que misteriosamente una pequeña extensión nacida de volcanes se comporta como un continente, pero en miniatura. Y te obliga a “subir y a bajar” cargada de abrigos o bikinis, o de los dos.

Canarios o canarii, así llamaban a sus primeros pobladores. Hoy canariones y canarionas que están Integrados a un archipiélago muy particular. Y es que les gusta sentirse cerca, verse desde las montañas, gritarse desde las costas, pero cada uno en su sitio.

«Tan caliente que a veces atropella la piel»

En una roca hospedada en el océano habita esta isla de ayer y de hoy. Y en otras seis rocas, más el archipiélago chinijo, se expanden las islas sobre el Atlántico, diversas y actualizadas; para amparar al visitante y abrazar al hijo que vuelve. Porque Canarias es la de siempre, pero mejor.

Por:  Leyanes Yanes

Fotografía: Leyanes Yanes/Joel Artiles

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Me llamo Leyanes Yanes, por inventos de mi madre y cosas de la vida. Había escogido ella el nombre para la hija que tendría desde su adolescencia y después conoció a mi padre, que casualmente tenía ese apellido. En fin, Yanes al cuadrado.

Nací en Cuba, pero soy más habanera que cubana. Después de emigrar a España en el año 2011 ya no me importa mucho de donde vengo. El mundo entero es fascinante, podría ser de cualquier sitio. Pero si no cuento que me gradué en La Universidad de La Habana no me lo perdonaría.

No concibo contar historias sin imágenes, así vivo, en imagen y sonido. Me encantan los puntos suspensivos, los animales, el “viajeteo” y soy urbanita sin dudas, pero vamos que un fin de semana en las afueras estaría bien.

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