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sábado, 21 mayo 2022

La flor del limonero

Por el tronco del viejo limonero trepa la lagartija. Pretende llegar hasta las hojas para despojarse del traje marrón y vestirse de verde brillante. La niña la observa con curiosidad y luego vuelve a mirar las nubes con tristeza. La mariposa Monarca dibuja un corazón en el viento mientras revolotea sobre el rosal. Le hace un guiño cómplice a la lagartija. Algo traman estas dos. Azahar extiende la mano, pero no se atreve a tocar las rosas. Las espinas se yerguen desafiantes. Otra vez sus ojos buscan las formas de las nubes.

El colibrí se acerca al limonero y le susurra algo a la lagartija. La cotorra chilla en una rama de la mata de guayaba. Nunca tiene el pico cerrado. El cocuyo, aunque la tarde sigue aferrada al cielo, prende sus ojos y dos focos amarillos como yemas de huevo encandilan a la mariposa.

La niña sigue ensimismada en las nubes. El güije que no cree en los maleficios se zampa la ofrenda que alguien dejó a los dioses africanos al pie de la ceiba. Es un negrito muy travieso y tragón. Con la boca llena y la miel bajando por la comisura de los labios, se queda embobado mirando a la niña de los ojos grandes y el pelo azabache. Ella deja de contemplar las nubes y con el ceño fruncido observa aquella figura menuda que es casi del tamaño de un dedal.

La flor del limonero. Foto: Pixabay

El güije se traga el trozo de mango untado con miel, deja el cuenco en el suelo y, de repente, se pone a dar volteretas como un experto acróbata. La chiquilla sonríe y la tristeza se diluye en los hoyitos que se forman en sus mejillas. Azahar se acerca al limonero y acaricia la piel fría de la lagartija. La mariposa se posa sobre su pelo negro y allí se queda adormilada.

Las rosas dejan caer los pétalos sobre sus pies descalzos.  El colibrí agita las alas como si cortejara a la hembra. La cotorra se queda callada, por fin, y el cocuyo se posa en la rama más alta de la mata de mango. Sus ojos brillan como esas estrellas que un día llegan y se quedan encendidas en el corazón para siempre. El güije se abraza al tobillo de la niña, cierra los ojos y siente los latidos de la ceiba. Azahar rodea el árbol con los brazos y su risa llega como la brisa matinal a todos los rincones del monte.

Del libro «La punzada del guajiro y otros cuentos» (2021)

Si quieres leer otras historias en esta misma sección, pincha en el enlace: https://www.landbactual.com/pronostico-del-tiempo/

Fotos: Kari_ Izq/Angeleses Pixabay

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